sábado, 2 de junio de 2012

Noche de vértigo


El celular sonó una sola vez y contesté. Al otro lado la voz más esperada durante varios meses, era la jefe Jennifer quien fue directo al grano... hay una oportunidad pero están comparando todas las variables y se debe esperar. Volveríamos a hablar en una hora. Debería estar listo.

Colgué, no le dije nada a nadie  y esperé, como me imagino esperan los condenados a muerte su turno.
Pasó el tiempo lentamente, no alisté nada, sólo pendiente del teléfono cuando por fin sonó otra vez. Si, era la jefe y solamente dijo...” en 15 minutos en el hospital, dese prisa”.

Yo sabía que en 15 minutos era imposible llegar, pero así hablaban cuando algo era urgente, ya me lo habían dicho.

Las calles parecían  más largas que de costumbre, arrancamos con Nancy a eso de las ocho de la noche, como era domingo casi no había tráfico, solamente  las familias volviendo a casa después de haber buscado alguna excusa para pasar el día sin hacer nada.

Iba a manejar yo pero preferí que lo hiciera ella, de todos modos tenía que concentrarme en cosas de mayor trascendencia, tomamos  rápidamente la Ciudad de Cali para encontrar  la 26 y poder llegar los más pronto a Chapinero.

Pasamos por la 45 y alcance a ver que estaban cerrando sus puertas los pocos rumbeaderos que se habían atrevido abrir. En esos mismos, habíamos gozado en algunas noches interminables de salsa y bolero que comenzaban los viernes y generalmente el domingo todavía cantábamos con músicos desocupados o varados.

Ya en la Caracas el panorama era otro; calles desoladas con atracadores de turno, una que otra prostituta y por supuesto los maricas que no faltan caminando en compañía de dos o tres más. A esa hora los mariachis no tenían mucho trabajo y más bien estaban guardando los guitarrones para el lunes empezar una nueva lucha.

Pasamos de largo pensando que todas esas  miles de historias no nos afectaban, pues yo tenía la mía propia desde hacía ya algunos meses y tal vez con un poco más de suerte, esa noche podría encontrar una luz, una esperanza.

Durante todo el recorrido, aparte de mirar por la ventanilla la vida nocturna, había hecho algunas llamadas; especialmente a mi madre. También a mis hermanos para que no se preocupara mi madre y a mis sobrinas para que no se preocuparan mis hermanos. Íbamos un poco retrasados y recordé las últimas palabras de la jefe,” entra por urgencias, no se vaya a registrar que el cirujano ya lo está esperando”.

Los semáforos se demoraban un siglo en cambiar, a pesar que faltaban muy pocas cuadras, todo pareció como se atravesará desde Soacha hasta Usaquén a la una de la tarde.

Subimos la última calle y entramos a la Clínica Marly. A esta hora ya ninguno de los dos hablábamos y pensé en silencio; “aquí nació una de mis hijas”. Realmente me di cuenta que había estado pensando en ellas durante todo el recorrido.

En la mañana, habíamos estado primero una jornada de vacunación de perros y luego almorzando cerca a Bogotá en compañía de madre y mis dos hijas, es decir todo el tiempo estuvimos con la cercanía de las caricias y los besos. Pero  ahora solamente tenía la imagen alegre de las dos cuando se despidieron de mí en el apartamento de una vecina.

Nancy fue la que entró primero. Efectivamente, en Urgencias me esperaba un asistente de la jefe, me hizo algunas preguntas de rigor y casi de inmediato me montó a una camilla, mientras Nancy se encargaba de absolutamente todo lo demás.

Solamente me quedó tiempo para alcanzar a verla de  de reojo cuando me llevaban por un largo pasillo con luces amarillentas en las cornisas superiores.

Habían pasado escasos minutos, creo yo, cuando me trajeron de regreso por ese mismo pasillo que conecta con Cirugía. El Camillero se detuvo justo en la entrada y ahí nos despedimos; me deseo buena suerte y alcancé a ver unas lagrimas rodando por las mejillas, nos dimos un abrazo y me fui rumbo a buscar el destino.

Ya en la sala, estaba desnudo, indefenso, confiando en Dios y en los cirujanos, estos seres con poderes mágicos. Uno de ellos me miró y me dijo; “El riñón llegó hace rato, estamos al límite del tiempo. Y empezó a interrogarme, hoy qué comió?,  tomó algún licor?, yo del susto le respondí a todo que no o que sí. En ese momento creía que no tenía importancia.

Lo último que recuerdo, antes de perder el conocimiento en la sala de cirugía, fue haber visto una mascarilla de oxigeno que se acercaba a mi cara, las luces brillantes y a los médicos todos con tapabocas.

Nancy días después, me confirmaría que demoraron como tres horas. Es decir,  haciendo memoria el trasplante comenzó a eso de las once de la noche del domingo y tuvo que finalizar a las dos de la madrugada.

En la mañana del lunes, después del terrible despertar de la anestesia, el cirujano jefe del grupo, llegó a Cuidados Intensivos y luego de una pequeña reunión con sus colegas, me observó detenidamente, observó la herida y me dijo dándome una palmadita en la frente; “hombre tranquilo le va a ir bien, el órgano trasplantado está reaccionando muy bien, no tenemos complicaciones a la vista, tranquilo, nos veremos pronto.

Salió rápidamente de la UCI y la verdad no alcance, en esta oportunidad a darles las gracias. Luego con el tiempo lo hice.





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