
El celular
sonó una sola vez y contesté. Al otro lado la voz más esperada durante varios
meses, era la jefe Jennifer quien fue directo al grano... hay una oportunidad
pero están comparando todas las variables y se debe esperar. Volveríamos a
hablar en una hora. Debería estar listo.
Colgué, no
le dije nada a nadie y esperé, como me
imagino esperan los condenados a muerte su turno.
Pasó el
tiempo lentamente, no alisté nada, sólo pendiente del teléfono cuando por fin
sonó otra vez. Si, era la jefe y solamente dijo...” en 15 minutos en el
hospital, dese prisa”.
Yo sabía
que en 15 minutos era imposible llegar, pero así hablaban cuando algo era
urgente, ya me lo habían dicho.
Las calles
parecían más largas que de costumbre,
arrancamos con Nancy a eso de las ocho de la noche, como era domingo casi no
había tráfico, solamente las familias
volviendo a casa después de haber buscado alguna excusa para pasar el día sin
hacer nada.
Iba a
manejar yo pero preferí que lo hiciera ella, de todos modos tenía que
concentrarme en cosas de mayor trascendencia, tomamos rápidamente la Ciudad de Cali para
encontrar la 26 y poder llegar los más
pronto a Chapinero.
Pasamos por
la 45 y alcance a ver que estaban cerrando sus puertas los pocos rumbeaderos que
se habían atrevido abrir. En esos mismos, habíamos gozado en algunas noches
interminables de salsa y bolero que comenzaban los viernes y generalmente el
domingo todavía cantábamos con músicos desocupados o varados.
Ya en la
Caracas el panorama era otro; calles desoladas con atracadores de turno, una
que otra prostituta y por supuesto los maricas que no faltan caminando en
compañía de dos o tres más. A esa hora los mariachis no tenían mucho trabajo y
más bien estaban guardando los guitarrones para el lunes empezar una nueva
lucha.
Pasamos de
largo pensando que todas esas miles de
historias no nos afectaban, pues yo tenía la mía propia desde hacía ya algunos
meses y tal vez con un poco más de suerte, esa noche podría encontrar una luz,
una esperanza.
Durante
todo el recorrido, aparte de mirar por la ventanilla la vida nocturna, había
hecho algunas llamadas; especialmente a mi madre. También a mis hermanos para
que no se preocupara mi madre y a mis sobrinas para que no se preocuparan mis
hermanos. Íbamos un poco retrasados y recordé las últimas palabras de la jefe,”
entra por urgencias, no se vaya a registrar que el cirujano ya lo está
esperando”.
Los
semáforos se demoraban un siglo en cambiar, a pesar que faltaban muy pocas
cuadras, todo pareció como se atravesará desde Soacha hasta Usaquén a la una de
la tarde.
Subimos la
última calle y entramos a la Clínica Marly. A esta hora ya ninguno de los dos
hablábamos y pensé en silencio; “aquí nació una de mis hijas”. Realmente me di
cuenta que había estado pensando en ellas durante todo el recorrido.
En la
mañana, habíamos estado primero una jornada de vacunación de perros y luego
almorzando cerca a Bogotá en compañía de madre y mis dos hijas, es decir todo
el tiempo estuvimos con la cercanía de las caricias y los besos. Pero ahora solamente tenía la imagen alegre de las
dos cuando se despidieron de mí en el apartamento de una vecina.
Nancy fue
la que entró primero. Efectivamente, en Urgencias me esperaba un asistente de
la jefe, me hizo algunas preguntas de rigor y casi de inmediato me montó a una
camilla, mientras Nancy se encargaba de absolutamente todo lo demás.
Solamente
me quedó tiempo para alcanzar a verla de de reojo cuando me llevaban por un largo
pasillo con luces amarillentas en las cornisas superiores.
Habían
pasado escasos minutos, creo yo, cuando me trajeron de regreso por ese mismo
pasillo que conecta con Cirugía. El Camillero se detuvo justo en la entrada y
ahí nos despedimos; me deseo buena suerte y alcancé a ver unas lagrimas rodando
por las mejillas, nos dimos un abrazo y me fui rumbo a buscar el destino.
Ya en la
sala, estaba desnudo, indefenso, confiando en Dios y en los cirujanos, estos
seres con poderes mágicos. Uno de ellos me miró y me dijo; “El riñón llegó hace
rato, estamos al límite del tiempo. Y empezó a interrogarme, hoy qué comió?, tomó algún licor?, yo del susto le respondí a
todo que no o que sí. En ese momento creía que no tenía importancia.
Lo último
que recuerdo, antes de perder el conocimiento en la sala de cirugía, fue haber
visto una mascarilla de oxigeno que se acercaba a mi cara, las luces brillantes
y a los médicos todos con tapabocas.
Nancy días
después, me confirmaría que demoraron como tres horas. Es decir, haciendo memoria el trasplante comenzó a eso
de las once de la noche del domingo y tuvo que finalizar a las dos de la
madrugada.
En la
mañana del lunes, después del terrible despertar de la anestesia, el cirujano
jefe del grupo, llegó a Cuidados Intensivos y luego de una pequeña reunión con
sus colegas, me observó detenidamente, observó la herida y me dijo dándome una
palmadita en la frente; “hombre tranquilo le va a ir bien, el órgano
trasplantado está reaccionando muy bien, no tenemos complicaciones a la vista,
tranquilo, nos veremos pronto.
Salió
rápidamente de la UCI y la verdad no alcance, en esta oportunidad a darles las
gracias. Luego con el tiempo lo hice.

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