Hoy murió Pacheco y con él, enterramos un pedacito de
nuestra infancia. Era un tipo enorme,
era un hermano, un padre, un
amigo, era todo para nosotros, apenas chiquilines, sentados frente a un televisor
en blanco y negro.
Pacheco nos enseñaba las cosas más sencillas o las más
complicadas sin el mayor esfuerzo. Tal vez, mejor que un padre, nos dejó ver el
gusto por los animales, por la música,
el fútbol, en fin, por las cosas frescas
y maravillosas que tiene la vida.
Creo que nuestras madres sentían tranquilidad al ver que
Pacheco nos reunía frente a la pantalla, en lugar de estar en las calles en
otras actividades. Eran tiempos “bacanos”, tiempos de Pacheco.
Luego, hizo otros programas pero siempre con la misma
genialidad. Con ese carisma que lo acercó a la gente, especialmente a los
niños, que fueron la gran fortaleza de su carácter. A Pacheco lo queríamos
todos, era difícil encontrar alguien que no compartiera este pensamiento.
Hoy que ya se fue, veo que el “tiempo maravilloso” de
Pacheco n o fue en vano, que toda su gracia y sencillez se quedaron pegadas en
el alma.
Y además, hoy que ya se fue, y al ver lo poco que pueden ver
mis hijas en nuestra televisión, veo que fui un tipo afortunado. Yo pude disfrutar
lo que nos dio Pacheco.
