A Diego Felipe Becerra lo mató un agente de policía el 19 de
agosto de 2011. En principio la noticia no tuvo mayor relevancia a no ser
porque las versiones, una de la Policía y otra de los familiares y amigos, eran
diametralmente opuestas.
Con sus escasos años de vida, Diego
Felipe se dedicaba a pintar grafitis y era así como se ganaba la vida.
Como cualquier otro muchacho tenía expectativas y una vida plena por vivir pero
el destino quiso que aquel 19 se cruzara con el patrullero de la Policía Wílmer
Antonio Alarcón, quien de varios balazos acabó con su vida en un instante.
Las primeras versiones decían
que el policía perseguía a Diego al sorprenderlo pintando un grafiti y como no se detuvo utilizó su arma de dotación. Luego, otro testigo dijo
que el grafitero era un malhechor y que lo había visto atracando una buseta y
al coincidir con el patrullero, este le disparó en varias ocasiones. Por
supuesto hablaron de que estaba armado y que alcanzó a esconder
la pistola minutos antes en unos árboles cercanos al puente de la Avenida
Boyacá con 116.
Ante este panorama, Diego apareció en los medios de comunicación
como un vulgar ladrón a quien la policía
ajustició casi que en defensa propia. Pero surgió lo inesperado para la
institución policial; el compañero de patrullaje de Wílmer, declaró que todo era
un montaje y que el grafitero había sido asesinado por la espalda.
A pesar de este esclarecedor testimonio, la Policía a partir de
ese momento, se encargó de armar unas versiones amañadas que se han
desvirtuado una a una y que inclusive ya han
desembocado en la captura de dos coroneles acusados de modificar la escena del crimen.
Pero los jueces aparecieron para dar credibilidad a los
testimonios y pruebas de los familiares, es decir a los verdaderos
acontecimientos de ese lejano día; Diego Felipe era simplemente un muchacho que le encantaba garabatear las
paredes con aerosoles.
En el proceso que aún sigue están involucrados altos oficiales
de Policía, los patrulleros y hasta un General al que el Congreso le ha pospuesto
el ascenso en dos oportunidades esperando desenlace en los juzgados.
A estas alturas y después de casi dos años, la familia ha tenido
que soportar un largo juicio con todas presiones de la institución policial,
que no es poca cosa aguantar y sin embargo van saliendo victoriosos y dejando
en alto la memoria de su hijo.
Pero lo importante de esta historia, que pudo quedar archivada en
cualquier comisaria de barrio bogotano, es ver como la incertidumbre ronda a
los ciudadanos en el momento de verse involucrados con las autoridades de
policía. Basta con ver el caso de Diego Felipe que puede ser el caso de
cualquiera que tenga el infortunio de cruzarse con personas uniformadas de
policía que no tienen el menor respeto por los valores de la institución.
Hoy el grafitero está muerto. Sus dibujos y sus ganas de vivir se
fueron porque alguien decidió que así
fuera. Su padre y su madre siguen luchando, simplemente porque Diego Felipe se
lo merece.

