Venezuela vive uno de los peores momentos de su historia, por no decir el peor, en vista que ninguno de sus protagonistas políticos, ni el Gobierno ni la oposición, parecen darse cuenta de lo que realmente ocurre al interior de la sociedad: la escasez de alimentos y la crisis económica han creado un clima de tensión a punto de explotar.
Y
es que las dos figuras visibles de la polarización, Nicolás Maduro y Henrique
Capriles, se han dejado llevar por las viejas discusiones ideológicas
utilizando esta vez el resultado del proceso electoral como pretexto para
“gritarle” al resto del mundo que cada uno tiene la razón.
Los
insultos ya no son noticia, cada vez son más frecuentes y las agresiones
físicas han llegado hasta el Congreso, mientras en la calle, conseguir una
bolsa de leche o un medicamento, es cada vez más complicado.
Sin
embargo, las soluciones no aparecieron en ningún bando, ni en la corta y pobre
campaña electoral, ni ahora que es el momento de implementar medidas viables
que alivien la inocultable crisis económica y de paso alejen el fantasma de
conflicto interno que produce la crispación política al interior del país.
Hace
poco un escritor, afirmaba de forma coherente, que en Venezuela debe estar
pasando algo bueno toda vez que los pobres están contentos y los ricos disgustados, pero con los recientes resultados de las elecciones, donde el
chavismo perdió lo que ganó la oposición en cantidad de votos esta sentencia
empieza a perder poco de vigencia.
A
pesar que el desempleo se sitúa en 7,6%, cifra inferior a nuestro país, no
ocurre lo mismo con la inflación que supera el 20% y se convierte en la
principal preocupación de una nación en donde la productividad se ha estancado y
su ingreso depende casi exclusivamente del petróleo.
No
mirar el 50 por ciento de los habitantes que le reclaman a un gobernante es
olvidar por completo los fundamentos de la democracia y peor aún, negarse a
revisar la disminución de simpatizantes en sus propias filas políticas, tiene
una sola explicación; algo de lo que Chávez dejó, se está haciendo mal o
se perdió el rumbo.
Pero
dada la coyuntura política, este reclamo de la mitad de venezolanos ha ido
tomando un tono más radical que político, es decir se trata acabar con un
sistema de gobierno, que aunque ha mostrado falencias y no llena las
expectativas de estos habitantes, logró satisfacer las necesidades de las
gentes más vulnerables, como por ejemplo reducir la pobreza del 49% al
29%, resultados que no se han visto en las mayoría de los países de
la región sudamericana.
Pero
la propuesta de la oposición no parece, tampoco, llenar las expectativas de la
mayoría de la sociedad veneca. Se trata de una clase política a la que Hugo
Chávez le arrebató el poder en las urnas hace más de 14 años ante la
insatisfacción popular por la forma que los gobernantes de aquellas épocas
dirigían los destinos de este país.
Cabe
recordar que por los años 90, cuando sucedió el fallido golpe del
entonces coronel Chávez, este no fue del todo impopular, debido en gran parte
al creciente descontento, lo que le facilitó años después, llegar por la vía
democrática a ser presidente de Venezuela.
Entonces
que la derecha venezolana se presente en esos momentos como solución de todos
los problemas, no resulta una opción de peso real ya que históricamente
tuvieron la oportunidad pero los malos gobiernos han sido su característica y
por otro lado, pasarían a tener el mismo panorama político actual pero al
revés, la favorecida sería, entonces, la clase alta y media alta con lo cual los más desfavorecidos regresarían como hace tantos años a los lugares más
olvidados.
Por
lo tanto en un país tan polarizado, en donde se camina al filo de las presiones
políticas y estas están superando la cordura de la sociedad, uno de los retos
del nuevo presidente, será ante todo controlar el creciente clima de tensión
social.
Mientras
tanto los militares esperan y en esto, Venezuela ya tiene experiencia...

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